Minutos, horas, días, semanas, meses, años, en fin, fue tanto tiempo refugiado en la oscuridad de mis temores, en el resplandor de mis recuerdos, en la añoranza del pasado, desdeñando el presente y soñando en la prosperidad del futuro.
Fue tanto tiempo llorando en silencio, golpeando sin fuerza, gritando hacia adentro, tratando de encontrar explicaciones, rogando por soluciones, recordando esas pasiones, esas emociones, esas sensaciones que perdí con el devenir de la vida. Emociones que añoraba en el renacer de la primavera, en el candor del verano, en la parsimonia del otoño y en la melancolía del invierno. Pasiones tan distantes que a través de este largo y sinuoso camino, se convirtieron en pasajes efímeros, en irrealidades, en sueños, que desgraciadamente, solo eso eran, sueños.
Sueños que comparados con la realidad eran magnificentes, sublimes, mágicos. Eran tan exquisitos que convertían dicha realidad en algo tan doloroso y lacerante, que prefería pasarme el tiempo soñando despierto y vivir durmiendo. Pero a pesar de mis deseos de prolongar dichos sueños y refugiarme en mis recuerdos para saborear una pizca de felicidad, la vida, el destino, el karma, como gustes llamarlo, siempre se encargaban de ponerme obstáculos, trabas, dificultades, problemas y decepciones tan brutales que me daba cuenta que por más que pasara los días tratando de sustraer mi mente del mundo material era imposible escapar de la realidad.
Así pase tanto tiempo en ésta disyuntiva de seguir defendiendo mi ideología de apegarme a mis recuerdos o enfrentar la realidad. De ésta manera pasó la mayor parte del más reciente lustro de mi existencia.
Finalmente decidí dejar de soñar y solamente avocarme a confrontar la realidad de la sociedad gris y lineal en que me tocó vivir. Ya sin sueños, esperanzas o metas qué perseguir, sin querer me fui transformando en un ser espiritualmente inerte capaz de ver una injusticia, discriminación o abuso e ignorarlo, pero incapaz de rechazar las invitaciones a insultar, molestar o fastidiar a mis semejantes. En suma me había transformado en el ser que tanto odio. En éste horrible tenor transcurría mi vida. Hasta que de pronto…
En el cuarto dia del primer mes del undécimo año de este milenio, conocí una chica genial, increíble, mayestática, hermosa, inteligente, en fin la chica más virtuosa que he conocido en mi vida. Esa chica eres tu, sí, tú. Eres quien me regreso la alegría de vivir, los deseos de que llegara la noche para soñar contigo y la ansiedad de que arribaran los días para volver a verte en persona y dejar dichos sueños para disfrutar la maravillosa realidad de tenerte cerca de mí.
Eres quien me regresó la emoción de escuchar el dulce trinar de las aves, verlas abrir sus alas de par en par y observar como emprenden el vuelo atravesando el cielo y difuminándose en el horizonte. Quien me regreso el sentimiento emotivo de ver el nacimiento del día a través del alba y recordar la majestuosidad de ver caer el ocaso detrás de las montañas que adornan el paisaje citadino de mi vivienda.
Pero por sobre todas éstas cosas, le has devuelto el fulgor a mis ojos, la fuerza a mis músculos, la potencia a mi voz, la imaginación y creatividad a mi mente, aunque en especial le has devuelto la luz a mi alma. Esa luz que estuvo apagada tanto tiempo, que parecía totalmente extinta. Esa luz que ha despertado de su letargo, no solo para reavivar mis ganas de seguir en éste pedregoso sendero de la vida, sino que ha despertado para amarte por sobre todas las cosas, para cuidarte de todos los peligros, apoyarte en tus tropiezos, congratularte en tus logros y ayudarte en todas tus necesidades.
Y no importa qué pase en éste breve o largo espacio que confluyamos en el mundo terrenal porque a pesar de que la fugacidad de la vida carnal no me permita emitir más palabras, con mi espíritu eternamente repetiré tu nombre en el viento, y serás perennemente, adorada princesa, una luz en mi alma.
Mikel Arquette i Garuz